El sexo en tiempos del basuco.


A Jhoana la mataron en diciembre del 2015, mientras dormía en un jeep que estaba estacionado en la galería de Anserma. Los periódicos la sumaron a las víctimas de la limpieza social, una práctica contradictoria de un sector de la sociedad, que les vende droga y cuando están en el límite, los desechan y los reemplazan.

El nombre, María Jhoana Cortez no dice nada. Muchos tuvimos que esperar que muriera para saber que no siempre se llamó la Choriza. Cuando las personas entran en estados tan avanzados de adicción, los que observamos, no les reconocemos el pasado y tristemente, les arrebatamos los sentimientos, nosotros, los convertimos en monstruos.

Se veía alegre, caminando rápido y saludando a todos. Se veía robando y enfurecida insultando a las personas. Dicen -los que la conocieron desde niña- que era hermosa, y que antes de ser "basuquera" fue prostituta. Siempre alardeó ser buen polvo. Como estrategia para pedir dinero, optó por decir piropos a los hombres que caminaban de la mano con su pareja.

En el 2013, mientras esperaba una arepa de chócolo en el Obelisco, pasó, le reparó las piernas a un señor y le dijo

-Uy papi, si ese es el camino cómo será la casa.

Con gracia el señor le respondió -no mija, usted no es capaz con todo esto. Se hizo notar. Alzó la voz y dijo

 - Lo ven a uno desarreglado y piensan que uno no aguanta el trote. Le digo una cosa. Miró al señor. Cuando yo me arreglo y me pongo mamasita, tumbo a más de una en el Sótano (es un burdel de Anserma). Sonrió extravagantemente y siguió entre saltos y pasos largos.

Cuando ya estaba en condiciones de calle, la choriza quedó en embarazo y el rumor  de que su  hijo era blanco y con ojos verdes no tardó en estar por todo el pueblo. Después se dijo que el niño era del "Borrachín", otro habitante de calle que se ve bailando y tomando alcohol etílico con bebidas azucaradas. Aún no se sabe quién es el papá.

Un recuerdo.


Mientras caminaba arrebatada por la galería de Anserma, gritó "estoy que me picho hijueputa". Yo me encontraba cerca, iba para mi casa. Aún no sé porque la perseguí.


Por la calle diez bajó hasta la carrera tercera. Caminó muy rápido por toda la tercera hasta la calle séptima. En la esquina, vivía Jaime, en un lote grande que tenía unas esterillas en forma de casa y dentro de la "casa” un colchón sobre la tierra.

La choriza no se anunció. Entró por sorpresa y en cuestiones de minutos, el cuadrado de esterilla comenzó a moverse como si la misión de Johana fuera, dejar sin casa a Jaime.

Me entretuve hablando por celular mientras la Choriza salía -aún me pregunto que  hacía esperándola-. Mi celular no marcó 6 minutos cuando se escuchó un grito de placer, y segundos después, Jhoana salió sonriendo, se dirigió hacia mí y me dijo

-¿Gordo donde es la fila? - ¿Para qué chori? Le pregunté

-Para comérmelo a usted. Me contestó mientras dejaba en el aire una carcajada extravagante. Chocó mi puño y salió cantando.

Mi sonrisa es la misma, cada vez que me recuerdo en esa esquina.

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